{"id":1943,"date":"2026-09-12T00:01:46","date_gmt":"2026-09-12T03:01:46","guid":{"rendered":"https:\/\/www.eldiarioar.com\/opinion\/anos-espera_129_13488821.html"},"modified":"2026-09-12T00:01:46","modified_gmt":"2026-09-12T03:01:46","slug":"los-anos-de-espera","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/?p=1943","title":{"rendered":"Los a\u00f1os de espera"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/static.eldiario.es\/clip\/e449cd0d-90cc-4207-be78-2043167dc01e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1099y417.jpg\"><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/static.eldiario.es\/clip\/e449cd0d-90cc-4207-be78-2043167dc01e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0_x1099y417.jpg\" width=\"1200\" height=\"675\" alt=\"Los a\u00f1os de espera\"><\/p>\n<div class=\"subtitles\">\n<p class=\"subtitle\">En un mundo donde todo parece estar disponible de inmediato y los algoritmos construyen una realidad a medida de cada deseo, ense\u00f1ar a esperar se vuelve casi un acto de resistencia. Una escena cotidiana con sus hijas lleva al autor a preguntarse qu\u00e9 perdimos con la velocidad y si, en un tiempo de abundancia y urgencia permanente, todav\u00eda sabemos ser felices con lo que no tenemos.\n<\/p>\n<\/div>\n<p class=\"article-text\"> Son las siete y diez de una ma&ntilde;ana de lunes de invierno horrible. Hace siete segundos que entramos al auto para ir a la escuela. La familia entera sale a ganarse la vida, como el mandato y la clase social indica y siete segundos m&aacute;s tarde &mdash;el tiempo que tardo en sentarme, cruzar el cintur&oacute;n de seguridad de una punta a la otra y poner la llave en el tambor&mdash;, escucho el primer pedido del d&iacute;a. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> &mdash;&iquest;Puedo poner m&uacute;sica, pa? <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Siete segundos, pasaron. Lo s&eacute; porque lo cronometr&eacute; para poder escribir estas l&iacute;neas. No diez, no veinte, no cien: siete segundos. Y entonces la menor de mis hijas, que tiene cinco, pregunta por primera vez: <\/p>\n<p class=\"article-text\"> La pregunta &mdash;inocente, dulce y hasta divertida&mdash; me corta como el filo de una gillette. Siento la incomodidad de decirle que no, que espere, que no puede crecer pensando que cada cosa va a pasar exactamente en el momento que lo desee. Que as&iacute; no funcionan las cosas, que el mundo tiene sus tiempos, que los procesos naturales&hellip; <\/p>\n<p class=\"article-text\"> &mdash;&iquest;Yo puedo elegir? &mdash;replica la mayor. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Arranca una suerte de pelea interna por ver qui&eacute;n va a elegir la m&uacute;sica de un viaje que no empez&oacute;, porque todav&iacute;a ni siquiera arranqu&eacute; el auto. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Me doy vuelta, las miro a los ojos: &ldquo;No, van a tener que esperar&rdquo;. Y antes de que empiece la protesta, les cuento la alegor&iacute;a del videoclub. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Crec&iacute; en un mundo que ya no existe. Hasta hace poco estaba seguro de sentir nostalgia de aquellos d&iacute;as donde todo estaba a punto de pasar. Siempre cre&iacute; que esa santificaci&oacute;n del pasado estaba anclada &uacute;nicamente a la a&ntilde;oranza de una juventud que se me va escapando. Pero ahora empiezo a dudar: probablemente sea el paso del tiempo golpeando la puerta, pero tengo la sospecha de que viv&iacute;amos mejor hace cuarenta a&ntilde;os. Sab&iacute;amos no hacer nada. &Eacute;ramos mucho m&aacute;s due&ntilde;os de nuestro tiempo y ahora, que todo est&aacute; a dos clics de distancia y que en un mismo d&iacute;a podemos hacer lo que antes nos llevaba meses, sentimos el pulso de la urgencia golpeando el pecho desde adentro: el apuro, las ansias, la urgencia. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> La hiper personalizaci&oacute;n lleg&oacute;, estoy convencido, para romperlo todo: la idea de pensar en vivir en un mundo para todos mut&oacute;: ahora hay un mundo para cada uno. Los algoritmos &mdash;esa palabra que descubr&iacute; en an&aacute;lisis matem&aacute;tico y que ahora se volvi&oacute; un clich&eacute;&mdash; hicieron su trabajo tan paulatinamente que no nos dimos cuenta: la telara&ntilde;a del futuro nos envolvi&oacute; a todos y medio que no podemos, no queremos, no sabemos salir. Ahora, que cada una de todas las decisiones que podemos tomar en el d&iacute;a son personalizables, la intolerancia es regla: &iquest;por qu&eacute; deber&iacute;a pensar en el bien com&uacute;n si tengo a mi alcance la posibilidad de vivir en la realidad que yo quiera? Las pel&iacute;culas que me gustan, el clima perfecto durante todo el a&ntilde;o, las opiniones que refuerzan lo que pienso en cada pantalla y en cada parlante, sin contradicciones ni nadie que me diga algo que pueda llegar a poner en tensi&oacute;n. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Les cuento a mis hijas, entonces, que hubo un tiempo &mdash;que fue mi tiempo y que no fue hace tanto&mdash; donde esper&aacute;bamos a que llegara el fin de semana para ver si, por casualidad, mis viejos quer&iacute;an ver una pel&iacute;cula y nos llevaban al videoclub. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> &mdash;&iquest;Netflix es un videoclub? &mdash;pregunta la menor. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> &mdash;Es como Netflix pero de viejos &mdash;asegura la m&aacute;s grande. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Yo intento explicarles la l&oacute;gica. Que &iacute;bamos hasta un lugar sin saber si encontrar&iacute;amos o no la pel&iacute;cula que quer&iacute;amos ver. Que a veces nos llev&aacute;bamos esa pel&iacute;cula a casa y que la copia estaba en mal estado y se ve&iacute;a todo mal. O que te cobraban multa si no rebobinabas la cinta antes de devolverla y dem&aacute;s historias arcaicas. Ellas se r&iacute;en como cuando les cuento travesuras infantiles. La charla va saltando de un lugar a otro. Quieren saber un mont&oacute;n de cosas de mi &eacute;poca. Me martillan a preguntas y yo respondo mientras me voy despabilando. Mi mujer me mira sin saber por qu&eacute; hablo tanto tan temprano. Tengo la boca llena de respuestas. Entonces explico, contesto y vuelvo a explicar, hasta que llegamos a la escuela y se pierden en la marea infantil despu&eacute;s del beso de buen d&iacute;a, mucha suerte, s&eacute; feliz y dem&aacute;s. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Despu&eacute;s me quedo pensando. No s&eacute; bien del todo qu&eacute; busco cuando les ense&ntilde;o a esperar. A veces creo que les estoy haciendo un bien: el verano una vez al a&ntilde;o, el sue&ntilde;o de noche, el desayuno en la ma&ntilde;ana, etc&eacute;tera. Pero despu&eacute;s, cuando vuelvo a sumergirme en la l&oacute;gica del mundo creado a medida, siento que les estoy ense&ntilde;ando cosas que nunca van a usar. Por las dudas, como cuando les escondemos alguna nota en la mochila dese&aacute;ndoles suerte, prefiero llenarlas de recursos. Porque, si alg&uacute;n d&iacute;a finalmente pasa y el futuro tambi&eacute;n se aburre del v&eacute;rtigo, prefiero que sepan que hubo una &eacute;poca, hace algunos a&ntilde;os, donde no ten&iacute;amos casi nada y supimos ser felices. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> <em>NM\/MG<\/em> <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En un mundo donde todo parece estar disponible de inmediato y los algoritmos construyen una realidad a medida de cada deseo, ense\u00f1ar a esperar se vuelve casi un acto de resistencia. 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