{"id":2837,"date":"2026-09-27T10:36:17","date_gmt":"2026-09-27T13:36:17","guid":{"rendered":"https:\/\/www.eldiarioar.com\/sociedad\/di-cuenta-no-gusta-jugar-hijo-confesiones-madre-siente-incapaz_129_13539832.html"},"modified":"2026-09-27T10:36:17","modified_gmt":"2026-09-27T13:36:17","slug":"me-di-cuenta-de-que-ya-no-me-gusta-jugar-con-mi-hijo-confesiones-de-una-madre-que-se-siente-incapaz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/?p=2837","title":{"rendered":"Me d\u00ed cuenta de que ya no me gusta jugar con mi hijo: confesiones de una madre que se siente incapaz"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/static.eldiario.es\/clip\/c64331a8-67a0-4d73-9076-8df75e0f51b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg\"><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/static.eldiario.es\/clip\/c64331a8-67a0-4d73-9076-8df75e0f51b2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg\" width=\"1200\" height=\"675\" alt=\"\u00adMe he dado cuenta de que ya no me apetece jugar con mi hijo: confesiones de una madre que se siente incapaz\"><\/p>\n<div class=\"subtitles\">\n<p class=\"subtitle\">He negociado partidas de cartas a cambio de no tener que tomar un mu\u00f1eco. He preferido hacer un puzzle, construir un Lego, cualquier actividad que tuviera unas instrucciones, un principio y, sobre todo, un final<\/p>\n<\/div>\n<p class=\"article-text\"> &ldquo;No quiero jugar con vos&rdquo;. Se lo dije muchas veces, aunque seguramente nunca con esas palabras. Le dije &ldquo;ahora voy&rdquo;, &ldquo;d&eacute;jame terminar esto&rdquo;, &ldquo;espera, que estoy trabajando&rdquo; o &ldquo;&iquest;por qu&eacute; no mejor me ayudas a cocinar, que tenemos que hacer la cena?&rdquo;. He negociado partidas de cartas a cambio de no tener que coger un mu&ntilde;eco. He preferido hacer un puzle, construir un Lego, cualquier actividad que tuviera unas instrucciones, un principio y, sobre todo, un final. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Lo que nunca me ha gustado es que me pongan en las manos un se&ntilde;or de pl&aacute;stico y me digan que se llama Juan, que esta es su casa y que ahora tenemos que imaginar qu&eacute; le pasa. No s&eacute; qu&eacute; hacer con Juan. Y cuando, despu&eacute;s de esforzarme, consigo que diga algo, mi hijo me corrige: eso es algo que Juan jam&aacute;s dir&iacute;a. Pocas cosas me hacen sentir tan vieja como no saber qu&eacute; decir con un mu&ntilde;eco que acaba de inventar un ni&ntilde;o de siete a&ntilde;os. Pensaba que sencillamente no me gustaba jugar, pero empiezo a sospechar que lo que me pasa es que he olvidado c&oacute;mo se hac&iacute;a. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Yo tambi&eacute;n supe jugar. Pod&iacute;a pasar una tarde entera montando un pueblo con construcciones y mu&ntilde;ecos de goma de las series de dibujos animados que ve&iacute;a. Hab&iacute;a una plaza mayor, casas, calles, familias. Inventaba parentescos, amor&iacute;os, jerarqu&iacute;as y argumentos con una facilidad pasmosa. Una cosa llevaba a la otra y las horas pasaban sin pesar. En el colegio, ni siquiera nos hac&iacute;an falta juguetes. El patio y sus terrazas ajardinadas eran un edificio entero de vecinas con sus plantas, sus cocinas, sus cuartos de estar, sus ba&ntilde;eras, sus dormitorios. No estaban dibujados en ninguna parte; si acaso, un palo en la tierra levantaba un tabique imaginario, pero nosotras sab&iacute;amos perfectamente d&oacute;nde terminaba una habitaci&oacute;n y empezaba la siguiente. Desde fuera, las mujeres que vigilaban los recreos solo deb&iacute;an ver a unas ni&ntilde;as dando vueltas por un patio de colegio. Nosotras ve&iacute;amos nuestras casas futuras. <\/p>\n<blockquote class=\"quote\">\n<div class=\"quote-wrapper\">\n<div class=\"first-quote\"><\/div>\n<p class=\"quote-text\">No me refiero a ser una madre m\u00e1s entregada, ni a organizar los mejores planes; me refiero a que me entren las ganas de sentarme en el suelo y meterme, de verdad, en una historia que no existe<\/p>\n<\/p><\/div>\n<\/blockquote>\n<p class=\"article-text\"> Tengo una buena amiga a la que envidio mucho porque nunca ha dejado de jugar. Cuando nos conocimos, acab&aacute;bamos de cumplir veinte a&ntilde;os. El sal&oacute;n de su casa estaba lleno de juegos de mesa y, con otros vecinos, jugaban al ping-pong en la mesa del patio com&uacute;n todas las semanas. Ahora tiene un hijo de ocho a&ntilde;os y juega con &eacute;l a diario sin que parezca costarle un esfuerzo; es m&aacute;s, hasta parece pas&aacute;rselo bien: inventan cosas, se disfrazan, van al parque, convierten cualquier tarde en otra cosa. Me gusta mucho ir a su casa y que juguemos todos juntos, porque as&iacute; pienso que mi hijo recordar&aacute; que yo tambi&eacute;n jugaba con &eacute;l. A m&iacute; me encantar&iacute;a parecerme un poco m&aacute;s a ella. No me refiero a ser una madre m&aacute;s entregada, ni a organizar los mejores planes, ni a preparar una aventura incre&iacute;ble cada viernes a la salida del cole; me refiero a que me entren las ganas de sentarme en el suelo y meterme, de verdad, en una historia que no existe. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> No aspiro a ello porque algunos d&iacute;as me conformo solo con respirar. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Y entonces, la consola de videojuegos. Hace tiempo que no echamos una partida de tenis, de golf o de voleibol. No juego con mi hijo a la consola: ella juega con &eacute;l por m&iacute;. Me ha sustituido muchas tardes con una eficacia admirable. &Eacute;l tiene algo que hacer, se divierte, y yo puedo terminar de trabajar, poner el lavarropas o leer un ratito sin que nadie necesite nada de m&iacute;. No voy a ser hip&oacute;crita: hay d&iacute;as en los que doy gracias porque exista. Podr&iacute;a convertir esto en <a href=\"https:\/\/www.eldiarioar.com\/cultura\/experta-bienestar-digital-comprension-lectora-pantallas-familia-debe-referente-xp_1_13504438.html\" data-mrf-recirculation=\"links-noticia\" class=\"link\">una discusi&oacute;n sobre el uso de las pantallas<\/a>, calcular cu&aacute;nto tiempo pasa delante de ellas o preguntarme si deber&iacute;a estar haciendo algo m&aacute;s creativo con su tiempo &mdash;y flagelarme por ello&mdash;, pero ser&iacute;a hacer trampa. Muchas veces soy yo la que necesita que la maquinita est&eacute; ah&iacute;, con &eacute;l. <\/p>\n<blockquote class=\"quote\">\n<div class=\"quote-wrapper\">\n<div class=\"first-quote\"><\/div>\n<p class=\"quote-text\">No juego con mi hijo a la consola de videojuegos: ella juega con \u00e9l por m\u00ed. Me ha sustituido muchas tardes con una eficacia admirable. \u00c9l tiene algo que hacer, se divierte, y yo puedo terminar de trabajar, poner el lavarropas o leer un ratito sin que nadie necesite nada de m\u00ed<\/p>\n<\/p><\/div>\n<\/blockquote>\n<p class=\"article-text\"> No quiero construir ahora un relato de su infancia que me convierta en una madre agotada que no tuvo elecci&oacute;n; claro que la tuve, muchas veces. Podr&iacute;a haber cerrado la computadora. Podr&iacute;amos haber cenado m&aacute;s tarde. Podr&iacute;a haber tomado a Juan e inventado una voz para &eacute;l, pero la mayor&iacute;a de las veces estaba tan cansada que imaginar la vida de un mu&ntilde;eco me parec&iacute;a una exigencia desproporcionada. No hace falta que nuestra vida sea especialmente complicada para llegar agotados al final del d&iacute;a. A menudo, el trabajo no termina cuando termina nuestra jornada y viaja con nosotros en el bolso o en el bolsillo. Hay quien encadena dos empleos porque uno solo no alcanza, quien trabaja por su cuenta y contesta mensajes un domingo porque no sabe cu&aacute;ndo llegar&aacute; el siguiente encargo, quien sale de la oficina y sigue leyendo cadenas de mails en el subte. Despu&eacute;s hay que comprar, cocinar, limpiar, llevar, levantar, pedir citas m&eacute;dicas y acordarse de la cartulina que hay que llevar al colegio al d&iacute;a siguiente. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Para muchas personas de mi entorno, adem&aacute;s, la lista contin&uacute;a en direcci&oacute;n ascendente. Mientras cr&iacute;an a sus hijos, sus padres empiezan a necesitar cuidados. A esta generaci&oacute;n se la llama &ldquo;generaci&oacute;n s&aacute;ndwich&rdquo;: la que sale de una tutor&iacute;a en el colegio para acompa&ntilde;ar a su padre al m&eacute;dico. No es mi caso, pero lo veo a mi alrededor y me pregunto de d&oacute;nde sale todo: el tiempo, la paciencia, la cabeza necesaria para recordar qui&eacute;n tiene una cita en el centro de salud el martes y qui&eacute;n examen el jueves. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Y en mitad de cualquier mi&eacute;rcoles, aparece mi hijo con un mu&ntilde;eco que se llama Juan y me pregunta si jugamos. Entonces, miro la hora y le digo: es la hora del ba&ntilde;o, hay que hacer la cena, ma&ntilde;ana necesitas una cartulina, &iquest;d&oacute;nde est&aacute; la cartulina? <\/p>\n<blockquote class=\"quote\">\n<div class=\"quote-wrapper\">\n<div class=\"first-quote\"><\/div>\n<p class=\"quote-text\">No solo pienso en jugar con los ni\u00f1os; me pregunto si puedo incorporar el juego a mi vida. Hacer algo sin calcular cu\u00e1nto va a durar, qu\u00e9 tengo pendiente o para qu\u00e9 sirve. Que el juego sea el plan, que no mande el sonido de una notificaci\u00f3n en mi tel\u00e9fono<\/p>\n<\/p><\/div>\n<\/blockquote>\n<p class=\"article-text\"> Siempre me ha resultado m&aacute;s f&aacute;cil y placentero hacer otras cosas juntos: ir al cine, un plan con m&aacute;s amigos, un paseo en bici. A &eacute;l le serv&iacute;a el suelo del living de nuestra casa para inventar un mundo nuevo. Ahora ya casi nunca me pide que juguemos. Quiero pensar que es porque ha crecido. El living est&aacute; m&aacute;s ordenado. La mesa del comedor, de la que cuelgan mantas y s&aacute;banas, ya no es una tienda de campa&ntilde;a, un refugio, un castillo. Puedo caminar descalza sin miedo a clavarme una pieza. Ahora prefiere pasar el rato con una pelota y sus amigos en la calle. No me necesita para sus juegos, aunque alguna Jenga nos echamos de vez en cuando. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> &Uacute;ltimamente, me pregunto si podr&iacute;a volver a jugar. Y no solo pienso en jugar con los ni&ntilde;os; me pregunto si puedo incorporar el juego a mi vida. Hacer algo sin calcular cu&aacute;nto va a durar, qu&eacute; tengo pendiente o para qu&eacute; sirve. Que el juego sea el plan, que no mande el sonido de una notificaci&oacute;n en mi tel&eacute;fono. Quiero jugar. Pero no s&eacute; si s&eacute;. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Mi amiga sabe. Quiero aprender de ella, que ha llegado a la edad adulta conservando eso que yo dej&eacute; por el camino. No s&eacute; si jugar se olvida de la misma manera que se olvida un idioma. A veces queda m&aacute;s de lo que creemos. Lo entiendes cuando lo escuchas, reconoces palabras, alguna vez incluso consigues decir una frase. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> Quiz&aacute; un d&iacute;a mire una mesa y consiga que no sea una mesa. De peque&ntilde;a lo hac&iacute;a todo el rato. <\/p>\n<p class=\"article-text\"> <em>La autora es periodista, madre y creadora de&nbsp;<\/em><a href=\"https:\/\/www.mamagazine.es\/\" target=\"_blank\" data-mrf-recirculation=\"links-noticia\" class=\"link\"><em>MaMagazine<\/em><\/a><em>, revista cultural impresa sobre maternidad honesta.<\/em> <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>He negociado partidas de cartas a cambio de no tener que tomar un mu\u00f1eco. He preferido hacer un puzzle, construir un Lego, cualquier actividad que tuviera unas instrucciones, un principio y, sobre todo, un final &ldquo;No quiero jugar con vos&rdquo;. Se lo dije muchas veces, aunque seguramente nunca con esas palabras. Le dije &ldquo;ahora voy&rdquo;, [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":2838,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[],"class_list":["post-2837","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","category-nacionales"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/2837","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=2837"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/2837\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/2838"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=2837"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=2837"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/editorialcatamarca.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=2837"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}